
Alberto Paz
Cada noche mi abuela sacaba de su delantal un par de agujas y un punzón. En su muñeca se hacía un orificio pequeño para que brotara el estambre rojo con el que comenzaba su tejido. Yo a su lado me quedaba quieto percibiendo su olor a vieja, a cocina y madre, mientras ella vuelta tras vuelta iba trenzando lo prometido. Un día se le acabo el estambre y quedó incompleto mi suéter. Sin embargo lo uso para dormir y para no sentir tanto su ausencia.
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