Cuento de la semana. El Gato – Héctor Murena -

Octubre 5, 2008

¿Cuánto tiempo lleva encerrado?

La mañana de mayo velada por la neblina en que había ocurrido aquello le resultaba tan irreal como el día de su nacimiento, ese echo acaso más cierto que ninguno, pero que sólo atinamos a recordar como una increíble idea. Cuando descubrió, de improviso, el dominio secreto e impresionante que el otro ejercía sobre ella, se decidió a hacerlo. Se dije que quizá iba obrar en nombre de ella, para librarla de una seducción inútil y envilecedora. Sin embargo, pensaba en sí mismo, seguía un camino iniciado mucho antes. Y aquella mañana, al salir de esa casa, después que todo hubo ocurrido, vio que el viento había expulsado la neblina, y, al levantar la vista ante la claridad enceguecedora, observó en. el cielo una nube negra que parecía una enorme araña huyendo por un campo de nieve. Pero lo que nunca olvidaría era que a partir de ese momento el gato del otro, ese gato del que su dueño se había jactado de que jamás lo abandonaría, empezó a seguirlo, con cierta indiferencia, con paciencia casi ante sus intentos iniciales por ahuyentarlo, hasta que se convirtió en su sombra.

Encontró es pensionsucha, no demasiado sucia ni incómoda, pues se preocupaba por ello. El gato era grande y musculoso, de pelaje gris, en partes de un blanco sucio. Causaba la sensación de un dios viejo y degradado, pero que no ha perdido toda la fuerza para hacer daño a los hombres; no les gustó, lo miraron con repugnancia y temor, y, con la autorización de su accidental amo, lo echaron. Al día siguiente, cuando regresó a su habitación, encontró al gato instalado allí; sentado en el sillón, levantó apenas la cabeza, lo miró y siguió dormitando. Lo echaron por segunda vez, y volvió a meterse en la casa, en la pieza, sin que nadie supiera cómo. Así ganó la partida, porque desde entonces la dueña de la pensión y sus acólitos renunciaron a la lucha.

¿Se concibe que un gato influya sobre la vida de un hombre, que consiga modificarla? Leer el resto de esta entrada »


Cuento de la semana. El zapallo que era cosmos – Macedonio Fernández -

Septiembre 15, 2008

Érase un zapallo creciendo solitario en ricas tierras del Chaco. Favorecido por una zona excepcional que le daba de todo, criado con libertad y sin remedios fue desarrollándose con el agua natural y la luz solar en condiciones óptimas, como una verdadera esperanza de la Vida. Su historia íntima nos cuenta que iba alimentándose a expensas de las plantas más débiles de su contorno, darwinianamente; siento tener que decirlo, haciéndolo antipático. Pero la historia externa es la que nos interesa, ésa que sólo podrían relatar los azorados habitantes del Chaco que iban a verse envueltos en la pulpa zapallar, absorbidos por sus poderosas raíces.

La primera noticia que se tuvo de su existencia fue la de los sonoros crujidos del simple natural crecimiento. Los primeros colonos que lo vieron habrían de espantarse, pues ya entonces pesaría varias toneladas y aumentaba de volumen instante a instante. Ya medía una legua de diámetro cuando llegaron los primeros hacheros mandados por las autoridades para seccionarle el tronco, ya de doscientos metros de circunferencia; los obreros desistían más que por la fatiga de la labor por los ruidos espeluznantes de ciertos movimientos de equilibración, impuestos por la inestabilidad de su volumen que crecía por saltos.

Cundía el pavor. Es imposible ahora aproximársele, porque se hace el vacío en su entorno, mientras las raíces imposibles de cortar siguen creciendo. En la desesperación de vérselo venir encima, se piensa en sujetarlo con cables. En vano. Comienza a divisarse desde Montevideo, desde donde se divisa pronto lo irregular nuestro, como nosotros desde aquí observamos lo inestable de Europa. Ya se apresta a saberse el Río de la Plata.

Como no hay tiempo de reunir una conferencia panamericana -Ginebra y las cancillerías europeas están advertidas-, cada uno discurre y propone lo eficaz. ¿Lucha, conciliación, suscitación de un sentimiento piadoso en el Zapallo, súplica, armisticio? Se piensa en hacer crecer otro zapallo en el Japón, mimándolo para apresurar al máximo su prosperación, hasta que se encuentren y se entredestruyan, sin que, empero, ninguno sobrezapalle al otro. ¿Y el ejército?

Opiniones de los científicos; qué pensaron los niños, encantados seguramente; emociones de las señoras; indignación de un procurador, entusiasmo de un agrimensor y de un toma-medidas de sastrería; indumentaria para el Zapallo; una cocinera que se le planta delante y lo examina, retirándose una legua por día; un serrucho que siente su nada. ¿Y Einstein?; frente a la facultad de medicina alguien que insinúa: ¿purgarlo? Todas estas primeras chanzas habían cesado. Llegaba demasiado urgente el momento en que lo que más convenía era mudarse adentro. Bastante ridículo y humillante es el meterse en él con precipitación, aunque se olvide el reloj o el sombrero en alguna parte y apagando previamente el cigarrillo, porque ya no va quedando mundo fuera del zapallo. Leer el resto de esta entrada »


Cuento de la semana. La distancia de la luna (Las Cosmicómicas) – Italo Calvino -

Agosto 25, 2008

La distancia de la luna (Uno de los mejores cuentos, de uno de los mejores libro que he leído)

Italo Calvino

Hubo un tiempo, según Sir George H Darwin, en que la Luna estaba muy cerca de la Tierra. Las mareas fueron poco a poco empujándola lejos, esas mareas que ella, la Luna, provoca en las aguas terrestres y en las cuales la Tierra pierde lentamente energía.

¡Claro que lo sé -exclamó el viejo Qfwfq-, ustedes no pueden acordarse, pero yo sí. La teníamos siempre encima, a la Luna, desmesurada; en plenilunio -noches claras como de día, pero con una luz color manteca- parecía que iba a aplastarnos; en novilunio rodaba por el cielo como un paraguas negro llevado por el viento, y en cuarto creciente se acercaba con los cuernos tan bajos que parecía a punto de ensartar la cresta de un promontorio y quedarse allí anclada. Pero todo el mecanismo de las fases marchaba de una manera diferente de la de hoy, porque las distancias del Sol eran distintas, y las órbitas, y la inclinación de no recuerdo qué; además, eclipses, con Tierra y Luna tan pegadas, los había a cada rato, imagínense si esas dos bestias no iban a encontrar manera de hacerse continuamente sombra una a la otra.

¿La órbita? Elíptica, naturalmente, elíptica; por momentos se nos echaba encima, por momentos remontaba vuelo. Las mareas, cuando la Luna estaba más baja, subían que no había quien las sujetara. Eran noches de plenilunio bajo bajo y de marea alta alta y si la Luna no se mojaba en el mar era por un pelo, digamos, por pocos metros. ¿Si nunca habíamos tratado de subirnos? ¡Cómo no! Bastaba llegar justo debajo con la barca, apoyar una escalera y arriba.

El punto donde la Luna pasaba más bajo estaba en mar abierto, en los Escollos de Zinc. Ibamos en esas barquitas de remos que se usaban entonces, redondas y chatas, de corcho. Éramos varios: yo, el capitán Vhd Vhd, su mujer, mi primo el sordo y a veces la pequeña Xlthlx, que entonces tendría doce años. El agua estaba aquellas noches tranquilísima, plateada que parecía mercurio, y los peces, adentro, violetas, que no podían resistir a la atracción de la Luna y salían todos a la superficie, y también pulpos y medusas de color azafrán. Había siempre un vuelo de animalitos menudos -pequeños cangrejos, calamares y también algas livianas y diáfanas y plantitas de coral- que se despegaban del mar y termnaban en la Luna, colgando de aquel techo calcáreo, o se quedaban allí en mitad del aire, en un enjambre fosforescente que ahuyentábamos agitando hojas de banano.

Nuestro trabajo era así: en la barca llevábamos una escalera; uno la sostenía, otro subía y otro le daba a los remos hasta llegar debajo de la Luna; por eso teníamos que ser tantos (sólo he nombrado a los principales). El que estaba en la cima de la escalera, cuando la barca se acercaba a la Luna gritaba espantado: “¡Alto! ¡Alto! ¡Me voy a pegar un cabezazo!” Era la impresión que daba viéndola encima tan inmensa, tan erizada de espinas filosas y bordes mellados y dentados. Ahora quizá sea distinto, pero entonces la Luna, o mejor dicho el fondo, el vientre de la Luna, en fin, la parte que pasaba más arrimada a la Tierra hasta casi rozarla, estaba cubierta de una costra de escamas puntiagudas. Al vientre de un pez se parecía y también el olor, por lo que recuerdo, era si no exactamente de pescado, apenas más leve, como de salmón ahumado.

En realidad, desde lo alto de la escalera se llegaba justo a tocarla extendiendo los brazos, de pie, en equilibrio sobre el último peldaño. Habíamos tomado bien las medidas (todavía no sospechábamos que se estaba alejando); en lo único que había que fijarse bien era en la forma de poner las manos. Yo elegía una escama que pareciera sólida (nos tocaba subir a todos, por turno, en tandas de cinco o seis), me agarraba con una mano, después con la otra e inmediatamente sentía que escalera y barca se me escapaban y el movimiento de la Luna me arrancaba a la atracción terrestre. Sí, la Luna tenía una fuerza que te arrastraba, lo sentías en aquel momento de paso entre una y otra; había que incorporarse de repente, con una especie de cabriola, aferrarse a las escamas, alzar las piernas para encontrarse de pie en el fondo lunar. Visto desde la Tierra parecías colgado cabeza abajo, pero para ti era la misma posición de siempre, y lo único extraño era, al alzar los ojos, verte encima la capa del mar luciente con la barca y los amigos patas arriba, balanceándose como un racimo de sarmiento.

En aquellos saltos el que desplegaba un gran talento era mi primo el sordo. Sus toscas manos, apenas tocaban la superficie lunar (era siempre el primero que saltaba la escalera), se volvían de pronto suaves y seguras. Encontraban en seguida el punto a que debían agarrarse para izarse, y parecía que le bastaba la presión de las palmas para adherirse a la corteza del satélite. Una vez tuve realmente la impresión de que la Luna se le acercaba cuando él le tendía las manos.

Igualmente hábil era en el descenso a Tierra, operación más difícil todavía. Para nosotros consistía en un salto en alto, lo más alto posible, con los brazos levantados (visto desde la Luna, porque visto desde la Tierra en cambio se parecía más a una zambullida, o a nadar en profundidad, con los brazos colgando), en fin, igual al salto desde la Tierra, sólo que ahora faltaba la escalera porque en la Luna no había nada donde apoyarla. Pero mi primo, en vez de echarse con los brazos adelante, se inclinaba sobre la superficie lunar con la cabeza hacia abajo como para una cabriola, y se ponía a dar saltos haciendo fuerza con las manos. Desde la barca lo veíamos de pie en el aire como si sostuviera la enorme pelota de la Luna y la hiciera rebotar golpeándola con las manos, hasta que sus piernas quedaban a nuestro alcance y conseguíamos atraparlo por los tobillos y bajarlo a bordo. Leer el resto de esta entrada »


Cuento de la semana. La estrella – Arthur Clarke -

Agosto 18, 2008

Hay tres mil anos-luz hasta el Vaticano. En otro tiempo creí que el espacio no tendría poder sobre la fe, tal como creí que los cielos proclamaban la gloria de la obra divina. Ahora que he visto una parte de esta obra, mi fe se siente gravemente turbada.

Contemplo el crucifijo que cuelga en mi camarote, sobre el ordenador Tipo VI y, por primera vez en toda mi vida, me pregunto si no será nada más que un símbolo vacío.

No se lo he contado aún a nadie, pero la verdad no puede ocultarse. Los datos están aquí para que cualquiera pueda leerlos, grabados en los incontables kilómetros de cinta magnética y en los millares de fotografías que traemos de regreso a la Tierra. Otros científicos podrán interpretarlos tan fácilmente como yo. Posiblemente con mayor facilidad. Yo no soy de esos que están de acuerdo con los manejos de la Verdad que a menudo le dieron a mi Orden un mal renombre en los viejos tiempos.

La tripulación está ya bastante deprimida, y me pregunto cómo se tomarán esta definitiva ironía. Pocos de ellos tienen algo de fe religiosa y sin embargo, no creo que sientan placer en utilizar esta última arma en su campaña contra mí…, esa guerra privada, bienintencionada pero fundamentalmente seria, que ha durado todo el camino desde la Tierra. Les divertía tener a un jesuita como astrofísico jefe. Por ejemplo, el doctor Chandler nunca pudo sobreponerse a ello (¿por qué los médicos siempre serán unos ateos tan notorios?). A veces se encontraba conmigo en la cubierta de observación, donde las luces siempre brillan mortecinas para que las estrellas puedan arder con esplendor no disminuido. Se acercaba a mí en la oscuridad y se quedaba mirando por la gran ventana de observación ovalada, mientras los cielos pasaban lentamente a nuestro alrededor al compás de la nave sobre sí misma debido a aquel impulso residual que nunca nos preocupamos de corregir.
-Aquí lo tiene, padre -me decía al fin-; se extiende por siempre jamás, y quizá Algo lo hizo. Pero el que usted pueda creer que ese Algo tiene un especial interés en nosotros y en nuestro miserable pequeño mundo es lo que me desconcierta.

Y entonces se iniciaba la discusión mientras las estrellas y las nebulosas giraban alrededor nuestro en silencio e interminables arcos más allá del impolutamente transparente plástico de la ventana de observación.
Era, creo, la aparente incongruencia de mi posición lo que divertía…, sí, divertía, a la tripulación. En vano les mostraba mis tres informes en el Astrophysical Journal, o los cinco en el Monthly Notices of the Royal Astronomical Society. Les recordaba que nuestra Orden ha sido famosa desde hace mucho por sus trabajos científicos. Quizá seamos pocos ahora, pero siempre, desde el siglo XVlll, hemos estado haciendo contribuciones a la astronomía y a la geofísica, desproporcionadas con nuestro número.

¿Mi informe sobre la Nebulosa del Fénix terminará con nuestro millar de años de historia? Me temo que terminará con mucho más que eso.

No sé quién dio su nombre a la nebulosa, que me parece muy poco apropiado. Si contiene una profecía, ésta no podrá ser verificada hasta que pasen varios mil millones de años. Hasta la palabra nebulosa conduce a engaño: es un objeto mucho más pequeño que esas maravillosas nubes de niebla, formadas por la materia de las estrellas aún no nacidas, que están desperdigadas a lo largo de la Vía Láctea. Lo cierto es que, a una escala cósmica, la nebulosa del Fénix es una cosa pequeña: una tenue capa de gases rodeando una única estrella.
El grabado de Loyola hecho por Rubens parece burlarse de mí desde su lugar, sobre los gráficos de los espectrómetros. ¿Qué harías , Padre, de este conocimiento que ha llegado a mí, tan lejos del pequeño mundo que era el universo que tú conocías? ¿Habría superado tu fe este reto, cosa que yo no he logrado? Leer el resto de esta entrada »


Cuento de la semana. Mi vida con la ola -Octavio Paz -

Agosto 5, 2008

Cuando dejé aquel mar, una ola se adelanto entre todas. Era esbelta y ligera. A pesar de los gritos de las otras, que la detenían por el vestido flotante, se colgó de mi brazo y se fue conmigo saltando. No quise decirle nada, porque me daba pena avergonzarla ante sus compañeras. Además, las miradas coléricas de las mayores me paralizaron.

Cuando llegamos al pueblo, le expliqué que no podía ser, que la vida en la ciudad no era lo que ella pensaba en su ingenuidad de ola que nunca ha salido del mar. Me miro seria: “Su decisión estaba tomada. No podía volver.” Intente dulzura, dureza, ironía. Ella lloro, grito, acaricio, amenazo. Tuve que pedirle perdón. Al día siguiente empezaron mis penas. ¿Cómo subir al tren sin que nos vieran el conductor, los pasajeros, la policía? Es cierto que los reglamentos no dicen nada respecto al transporte de olas en los ferrocarriles, pero esa misma reserva era un indicio de la severidad con que se juzgaría nuestro acto.

Tras de mucho cavilar me presente en la estación una hora antes de la salida, ocupé mi asiento y, cuando nadie me veía, vacié el depósito de agua para los pasajeros; luego, cuidadosamente, vertí en él a mi amiga.

El primer incidente surgió cuando los niños de un matrimonio vecino declararon su ruidosa sed. Les salí al paso y les prometí refrescos y limonadas. Estaban a punto de aceptar cuando se acerco otra sedienta. Quise invitarla también, pero la mirada de su acompañante me detuvo. La señora tomo un vasito de papel, se acerco al depósito y abrió la llave. Apenas estaba a medio llenar el vaso cuando me interpuse de un salto entre ella y mi amiga. La señora me miro con asombro. Mientras pedía disculpas, uno de los niños volvió abrir el depósito. Lo cerré con violencia. Leer el resto de esta entrada »


Cuento de la semana. “En memoria de Paulina” – A. Bioy Casares -

Julio 21, 2008

Siempre quise a Paulina. En uno de mis primeros recuerdos, Paulina y yo estamos ocultos en una oscura glorieta de laureles, en un jardín con dos leones de piedra. Paulina me dijo: Me gusta el azul, me gustan las uvas, me gusta el hielo, me gustan las rosas, me gustan los caballos blancos. Yo comprendí que mi felicidad había empezado, porque en esas preferencias podía identificarme con Paulina. Nos parecimos tan milagrosamente que en un libro sobre la final reunión de las almas en el alma del mundo, mi amiga escribió en el margen: Las nuestras ya se reunieron. “Nuestras” en aquel tiempo, significaba la de ella y la mía.

Para explicarme ese parecido argumenté que yo era un apresurado y remoto borrador de Paulina. Recuerdo que anoté en mi cuaderno: Todo poema es un borrador de la Poesía y en cada cosa hay una prefiguración de Dios. Pensé también: En lo que me parezca a Paulina estoy a salvo. Veía (y aún hoy veo) la identificación con Paulina como la mejor posibilidad de mi ser, como el refugio en donde me libraría de mis defectos naturales, de la torpeza, de la negligencia, de la vanidad.

La vida fue una dulce costumbre que nos llevó a esperar, como algo natural y cierto, nuestro futuro matrimonio. Los padres de Paulina, insensibles al prestigio literario prematuramente alcanzado, y perdido, por mí, prometieron dar el consentimiento cuando me doctorara. Muchas veces nosotros imaginábamos un ordenado porvenir, con tiempo suficiente para trabajar, para viajar y para querernos. Lo imaginábamos con tanta vividez que nos persuadíamos de que ya vivíamos juntos.

Hablar de nuestro casamiento no nos inducía a tratarnos como novios. Toda la infancia la pasamos juntos y seguía habiendo entre nosotros una pudorosa amistad de niños. No me atrevía a encarnar el papel de enamorado y a decirle, en tono solemne: Te quiero. Sin embargo, cómo la quería, con qué amor atónito y escrupuloso yo miraba su resplandeciente perfección .

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Cuento de la semana. Los caballos de Abdera – Leopoldo Lugones -

Julio 14, 2008

Abdera, la ciudad tracia del Egeo, que actualmente es Balastra y que no debe ser confundida con su tocaya bética, era célebre por sus caballos.

Descollar en Tracia por sus caballos, no era poco; y ella descollaba hasta ser única. Los habitantes todos tenían a gala la educación de tan noble animal, y esta pasión cultivada a porfía durante largos años, hasta formar parte de las tradiciones fundamentales, había producido efectos maravillosos. Los caballos de Abdera gozaban de fama excepcional, y todas las poblaciones tracias, desde los cicones hasta los bisaltos, eran tributarios en esto de los bistones, pobladores de la mencionada ciudad. Debe añadirse que semejante industria, uniendo el provecho a la satisfacción, ocupaba desde el rey hasta el último ciudadano.

Estas circunstancias habían contribuido también a intimar las relaciones entre el bruto y sus dueños, mucho más de lo que era y es habitual para el resto de las naciones; llegando a considerarse las caballerizas como un ensanche del hogar, y extremándose las naturales exageraciones de toda pasión, hasta admitir caballos en la mesa. Eran verdaderamente notables corceles, pero bestias al fin. Otros dormían en cobertores de biso; algunos pesebres tenían frescos sencillos, pues no pocos veterinarios sostenían el gusto artístico de la raza caballar, y el cementerio equino ostentaba entre pompas burguesas, ciertamente recargadas, dos o tres obras maestras. El templo más hermoso de la ciudad estaba consagrado a Anón, el caballo que Neptuno hizo salir de la tierra con un golpe de su tridente; y creo que la moda de rematar las proas en cabezas de caballo, tenga igual proveniencia: siendo seguro en todo caso que los bajos relieves hípicos fueron el ornamento más común de toda aquella arquitectura. El monarca era quien se mostraba más decidido por los corceles, llegando hasta tolerar a los suyos verdaderos crímenes que los volvieron singularmente bravíos; de tal modo que los nombres de Podargos y de Lampón figuraban en fábulas sombrías; pues es del caso decir que los caballos tenían nombres como personas.

Tan amaestrados estaban aquellos animales, que las bridas eran innecesarias, conservándolas únicamente como adornos, muy apreciados desde luego por los mismos caballos. La palabra era el medio usual de comunicación con ellos; y observándose que la libertad favorecía el desarrollo de sus buenas condiciones, dejábanlos todo el tiempo no requerido por la albarda o el arnés en libertad de cruzar a sus anchas las magníficas praderas formadas en el suburbio, a la orilla del Kossínites para su recreo y alimentación. Leer el resto de esta entrada »


Cuento de la semana. La pecera del gigante – Ricardo Bernal -

Julio 6, 2008

Entonces el gigante me puso en una pecera; por suerte no tenía agua pues nunca aprendí a nadar. ¡Por favor señor gigante, déjeme salir! Nada de eso chiquilín, ¡ya verás como vamos a divertirnos! En la mano derecha el gigante tenía una caja de choco krispis del tamaño de un edificio: se echó un puñado a la boca y arrojó otros pocos a la pecera; toma, para que no te mueras de hambre. El gigante me miró con curiosidad, luego sonrió y me cerró un ojo. Al rato regreso, dijo antes de alejarse; voy a buscarte compañía. Me quedé solo con mis miedos. ¿Compañía?, ese gigante estaba demasiado loco, lo mismo podía traer una tarántula, grande como su mano, que una muchacha de mi especie. Recorrí la pecera: medía veinte pasos de largo por doce de ancho y el piso estaba cubierto de piedras de colores. En una esquina encontré el enorme esqueleto de un pez, en otra había un castillo de plástico lleno de moho. Entré al castillo, tuve que agacharme para poder cruzar la puerta. ¿Estaré soñando? ¿Qué demonios hago yo en una pecera? Salí; a un lado del castillo había una tapa de gerber llena de agua. Bebí un poco, aparentemente el agua estaba limpia. Me senté en una piedra y saqué todo lo que traía en las bolsas de mi abrigo: un libro de poesía, un ajedrez electrónico, mi pequeño amuleto contra el mal de ojo. Ninguna cuerda, ninguna cantimplora llena de poción mágica para volar y escaparme así de mi triste destino. Lloré un buen rato. Luego recogí un choco krispis, en mis manos era del tamaño de una baguette. Lo mordí: ¡auch!, demasiado duro. En fin, era preferible eso a morirme de hambre. Llegó la noche y entré al castillo. El frío me calaba hasta los huesos, pero era mayor mi cansancio así que me quedé dormido.

¡Yuju yuuuju!, canturreó el gigante. Abrí los ojos y me puse de pie como impulsado por un resorte: ya era de día. Mira a quién tenemos aquí; el enorme guante de cuero se abrió despacio, en la palma estaba un hombre melenudo y harapiento… ¿Fagus? No podía creerlo: era mi hermano mayor al que creíamos muerto desde hace cuatro años en la guerra de Constantinopla. Fagus fue arrojado al interior de la pecera. Al reconocerme corrió hacia mí y nos abrazamos entre lágrimas y gritos de felicidad. ¡Déjense de cursilerías!, rugió el gigante desde arriba, la fetidez de su aliento casi nos hace vomitar. La situación es la siguiente, dijo el gigante; hoy es lunes, me voy a ir de viaje pero regresaré el próximo domingo. Para entonces, uno de ustedes debe estar muerto. Si los encuentro vivos a los dos, no sólo me los tragaré de un solo bocado, sino que iré a pisotear su ciudad hasta que no quede piedra sobre piedra. El gigante emitió una diabólica carcajada que hizo temblar su barriga como si fuera una gelatina. Luego metió la mano al bolsillo de su chaleco y sacó un dedal, arrojando su contenido a la pecera. Aquí tienen armas para que peleen a muerte. Fagus y yo vimos incrédulos las viejas pistolas del pirata Francis Drake, el martillo de Thor, la espada de Isildur que durante tantas generaciones había estado en el museo de nuestra ciudad. ¡Ejem!, exclamó el gigante; ahora que si lo que quieren es una muerte romántica… Del otro bolsillo sacó un frasco verde, le dio vueltas a la tapa que resultó ser un gotero, y vertió tres gotas de un líquido ambarino en el dedal, colocándolo luego en la pecera. Un solo trago de este veneno provocará una muerte instantánea en cualquiera de ustedes, dijo el gigante. Otra cosa: si se les ocurre la ridícula idea de hacer un pacto suicida y los encuentro muertos a ambos, inundaré de alcohol su ciudad y le prenderé un cerillo. ¡Cómo me voy a divertir viendo a sus congéneres correr chamuscados en todas direcciones! Bueno mis pequeños amigos, espero que la pasen bien en mi ausencia; y el gigante emitió otra terrible carcajada. ¡Ah!, olvidaba darles su comida: tomó la caja de choco krispis y nos arrojó un puñado. ¡Hasta el domingo! Los pasos del gigante se alejaron, haciendo retumbar las paredes transparentes de nuestra cárcel. Leer el resto de esta entrada »